Corazón de origami.

 

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De eso se trata. Entonces encontramos a alguien con quién desprendernos, con quién soltamos, con quién nos hacemos pedazos y eso no nos asusta.

Y encontramos a alguien a quién queremos de mil maneras y aprendemos de sus heridas, y acariciamos su pasado como si fuese nuestro. Al fin nos perdemos en unas manos, y los pies no se cansan de echar raíces. Y cantamos sin parar la misma canción, y vivimos el hoy, sin ese miedo al mañana. Y sabemos que vendrán tormentas, y sabemos que nos visitará la incertidumbre, pero aprendemos a que el amor es así, como la vida misma; con altos y bajos par que no se nos olvide de dónde venimos y a dónde vamos.

Entonces te das cuenta de que de eso se trata el amor, de lecciones, de libertad, de aprender y de enseñar. De eso se trata de coincidir con gente que te haga ver cosas que tú no ves, que te enseñe a mirar con otros ojos.

Mariani Sierra. Radiografía de un corazón de Origami.

 

Vivir. Como el origami. Ese arte que te permite doblar y plegar. Doblar. Y volver a plegar. Sin necesidad de apenas más. Sin objetos, instrumentos ni plegarias. Manual. Con sus defectos. Sus virtudes. Sus esquinitas estrujadas. Sus borrones. Sus besitos sin carmín. Sus cositas buenas. Y ratitos malos. Como un 14 de febrero. Parcheado. Remendado. De tiritas de colores. De heridas que sangran y sanan a la vez. De te quieros al final del día. De sentirse bien. De compartir camita los tres. Amor de cojones. De canciones. De sutura. Amor de enganche. De idiotas. De locura. Amor de te vi. Salté. Volé. Estallé. Amor de puntos. Descosiditos. Cicatrizados. Amor de tragos. Zambullidas. Amores a nado. Amor que me quema. Amor de amores. De raza. De pureza. Amor de padres. De hija. De besos. Amor de seguir. De te quiero. Y te espero. Amor de sigamos. Abrazados. Pluscuamperfectos.

Como la nota en la nevera. Como un verso. Como pudimos con ello.

(Que no te engañen. El amor está en la cama. Y en el verso)

 

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Invierno en Hawai.


“No sé… Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doi una importancia igual a cero al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en eso soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar, pierden el tiempo conmigo”.

Pienso en Hawai. En la gracia de sus inviernos. En el mar revuelto. En su calor intenso. Pienso si tuviera centímetros de más. Y corazón de menos. Si por las noches no tuviera miedo. Sé que si no fuera yo me querrías un montón de menos.

Pienso en lo que soy. En todo lo que veo. En lo que oculto. Lo que no siento. En los abrazos de piel con piel. En los te echo de menos. Y quiero. Pienso a corto plazo. Hipotecada. Dejándome llevar. En los falsos techos. En empezar de cero. En el humo evaporado. En la ecuación resuelta. En tu café de más. En la sobremesa. En el pelo revuelto. En las sábanas frías. En las manos que arden. En el cuerpo estremecido. En el deseo comedido. Y el mordisco perfecto. Pienso mirando atrás. Con líos nuevos. Buscando la canción. Tarareando. Susurrando. Eligiendo el mejor cartel. Bailando en la función. Durmiéndome después. Soñando que sí. Sabiendo que no.

Pienso en respirar. Fuerte. Lento. Como una sacudida que te invade. Que te alienta. Que te pierde. Que te mata. Que te revive. Que te fascina. Como las horas interminables en la soledad de un aeropuerto. Como acoplarse en un gran avión. Como permanecer impasible frente a un huracán. Como adaptarse sin perjudicar. Como la amabilidad lejana. Como el gesto de dos manitas unidas. Como un yo te espero. Como el traslado intranquilo. Como el revés del destino. Como las cosas que  tú no ves y yo veo. Como lo que sientes y yo siento. Como el cuando sin el como. Como el porque sin saber hasta donde.

Pienso en cuidarte. En demostrarte que la felicidad también está en cualquier rinconcito aparte. Fuera de tu caos. De lo establecido. Y permitido. En un lugar pequeño. En un museo. En el azul más intenso del cielo. En las lágrimas de tarde. En los sueños de noche. En el arrepentimiento.

Pienso en hacerlo. En caminar. En saltar. En gritar. En esperar.

En soñar.

Y volar.

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Y navegar.

Viajar es sentirse poeta, escribir una carta, es querer abrazar. Abrazar al llegar a una puerta, añorando la calma es dejarse llevar. Viajar es marcharse de casa, es vestirse de loco diciendo todo y nada con una postal. Es dormir en otra cama, sentir que el tiempo es corto, viajar es regresar.

Que te caigan cientos de cocos. Beberte mil caipirinhas. Apagar la luz del sol. Encender las estrellas. Prohibido bostezar. Que te pida tiempo el despertador. Un vermouth con toque de limón. Bronceado de mismísimo dios. Quemar la energía. Recuperarla por dos. Que navegues sin más. Descubrir más allá. Entregarte por dos. Que la vida se te quede pequeña. Que lo mejor estará por llegar. Que encuentres tu fortuna. Que no haya desazón. Iluminar esa vela. Apagarla en dosis de pasión. Que te cojas un vuelo. Que no te pierdas ningún rincón. Que te abrace la risa. Que te caigan miles de piñas. Que pierdas la noción. Que saborees este mundo que no cesa. Que tu lugar, sea cual sea, está esperando emoción.

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Invertir en líos.

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Está en el sofá, recogida, hecha un ovillo. Habla con su madre por teléfono. Se ríe. Luego arruga un poco el ceño. Esas cosas. Yo, simplemente la miro, tiene luz, alma, vida, me gusta verla, escuchar su voz. A veces, no puedo evitar decírmelo: qué suerte tienes, cabrón.

Al final te pasas la vida invirtiendo. En donuts sin nutella. En labiales a toneladas. En compras superiores en Zara. En cortarte apenas las puntas. En tintes igualitos que el pelazo de Palermo. En un coche que no va ni para atrás. En días nublados cargados de sol. En canciones que te destrozaron pese a todo el corazón. En conseguir marcar ese gol. En querer ser algo sin importar que demonios dirán. En tener un cuerpo de (10) cien. En atravesar las montañas y aparecer en Japón. En llorar con cada final del culebrón. En devorar miles de libros. En escoger la mejor pizza de Trianón. En no llorar cuando he sentido frío. En asustar ferozmente al miedo. En ser fuerte y todopoderosa. En rezar el credo. En amar un poco menos. En querer ser italiana. En aprender la tabla del 9. En superar las maldiciones. En subir y tirarme por el tobogán. En curar las heridas. En quitar las tiritas. En ser tan brillante como un casino de Las Vegas. En construir una pirámide. En tener algo de arte. En elegir al más gilipollas. En nadar a flote por la orilla. En alborotar el pelo sin más. En olvidar todo lo que ya quedó atrás. En ser la mejor persona. Invertir a fondo perdido. Y ganado. Como la  s manitas se mi abuela. Como la sonrisa de mi madre. Como el tía de Martina. Como el regalo inesperado. Como el abrazo a contratiempo. Como el te amo sin reparos. Como quererlo todo. Como tener apenas nada. Invertir sin hipoteca. Sin razón. Y sin consciencia. Invertir apostando millones. En mil líos. Como casi. Como cientos. Como nada.

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Apretujadito el corazón.

¡Quiero que tu me acompañes, que me beses, que me arañes

depende de la ocasión!.

Y que en mitad de la borrasca eches más leña a la brasa,

¡esperando el anticiclón!.

 

Con 15 llevaba mis zapatitos de lazo rosa. Ahora con 30 llevo la camiseta rasgada. Intervalo de casi dos décadas. De Aqualung al Palacio. De un Madrid pequeño a tocar el cielo. De pendientes de aro, de whiskys tirados, a pelo cortado casi a mano. Tiempo de cambios. De ver sonreír. De musas que no valían tanto. De malos pensamientos. De algunos naufragios. De lunas de miel a favor de nada. De despertadores que se hicieron baladas. De capitales no tan federales. De himnos de guerra. De bandas sonoras. De hacerme mayor. De mantener el control. De dosis de amor en vena. De nunca digas nunca. De noches de descontrol. De brindar sin más. De seguirte. De cantar. De niña. De señorita. De mujer de. De que algún día mi hija viva lo que he vivido yo. De sentirme libre. De no pensar en más. De creer en el maldito Rock & Roll.

Por otros 15 más. O 30. Hasta el final.

Hoy vuelvo a brindar por ti, Rulo.

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Caótica.

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Ella es caótica e impredecible.

Nunca sabes si te va a amar o te odiará,

si va a huir o te pedirá que no te vayas nunca.

Y es por eso por lo que hay que amarla:

porque en sus idas y venidas

puede ofrecértelo todo

o dejarte sin nada.

Tiene una tristeza que duele,

sin embargo no he visto a nadie, jamás,

reírse tan fuerte de la vida.

Por eso la amé,

porque era lo más parecido a la felicidad

que había encontrado.

Caótica. En la parada de bus. Mientras lo espero. Cuando se va. Cuando lo pierdo. Caótica al quedarme plantada en la estación. Buscando la ventanita. Pegada al cristal. Diciendo un roto adiós. Cuando me cantas bajito nuestra canción de rock. Cuando brindamos sin más. Cuando saltamos sin parar. En la cama mientras te espero. Si me revuelves las venas. Me acaricias. Y me duermo. Cuando escapamos de la tormenta buscando un rayito de sol. Cuando nos despedimos tras la pasión. Caótica si no me quiero desenredar. Cuando muero de pena. Como un malabarista buscando su ecuación. Mientras me acuesto y ya no sé que pensar. Cuando todo pasa tan rápido que me he perdido la mitad del guión. Caótica si profeso. Si miento. Si no creo. Cuando me desnudo y me veo infeliz. Caótica si me tapo y sonrío. Cuando jugamos a comernos las nubes. Y me despejas el cielo azul. Cuando carece de emoción. Caótica revolviendo el corazón. Rehusando los recuerdos. Sacudiendo el colchón. Cuando me siento grande en un lugar pequeño. Cuando enmudezco tras la tempestad. Caótica cuando arrasas. Cuando la incontinencia se hace voraz. Cuando muerdes y me haces temblar. Caótica en versión original. Sin subtitulo. Gratuita. Con doble ración de palomitas. Cuando las mejores ideas se transforman en tu propia realidad. Caótica como quien domina tu alma. Cuando no me entiendo ni yo. Caótica cuando brillas sin apenas luz. Cuando enciendes la cerilla y se apaga con ton y son. Cuando terminas el esperado final de tu mesilla. Cuando crees que nada más se puede reinventar. Cuando ser humana te voltea del tirón. Cuando elegiste la mejor opción. Caótica por vocación. Sin dimisión. Ni arrepentimiento. Caótica con locura en monodosis. Partir la vida en dos. Cuando eliges el camino. Cuando tomas el timón.

Caótica. Como siempre lo fui-soy yo.

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Cada costura tiene su historia.

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La familia es el hilo a partir del cual se teje cualquier historia.

Objeto: sombrero.

Fecha aproximada: 1949.

Estado: excelente.

Descripción: sombrero de forma acampanada confeccionado con fieltro verde lima y decorado con una cinta de raso negra y una pluma de pavo real.

Origen: Lucille Rollins. Mi abuela. No está a la venta.

Después del entierro, mientras sus familiares charlaba y tomaban café y galletas en la coina, Violet se escabulló por el pasillo enmoquetado hasta el dormitorio de la abuela Lou. Entró por el vestidor y se sentó en el suelo, entre los percheros, para aspirar el olor a tabaco y a perfume White Shoulders. El olor de su abuela.

No supo cuánto tiempo estuvo sentada allí hasta que escuchó la voz de su madre.

  • Violet, ¿dónde estás?
  • Aquí dentro – contestó, alzando la voz.

Celeste Turner apareció  en la puerta del vestidor y puso los brazos en jarras. Violet pensó que su madre, ataviada con unos pantalones de pinzas negros y un jersey holgado, estaba fuera de lugar en el armario de la abuela Lou, lleno de sedas y de lentejuelas. Celeste vestía de forma práctica. No compartía la afinidad por la moda de su madre, que parecía haber heredado Violet tras saltarse una generación.

  • ¿Qué haces aquí? – preguntó Celeste.

Violet pasó una mano por un joyero lacado en negro.

  • Me estaba despidiendo.

A Celeste se le llenaron los ojos de lágrimas.

  • Lo sé, yo también la echo de menos.

Habían pasado seis semanas desde que a la abuela Lou la habían ingresado en el hospital tras sufrir un ataque que la dejó en coma. Celeste tuvo que tomar la difícil decisión de desconectarla del respirador artificial, siguiendo las indicaciones del testamento vital de su madre.

Violet se puso uno de los zapatos de tacón preferidos de su abuela.

  • ¿Qué vas a hacer con todas sus cosas?
  • No lo sé.- Su madre suspiró-. Supongo que las donaremos a Goodwill, como vamos a hacer con todo lo demás. Si tus tíos pensaran quedarse unos cuantos días más para echar una mano, les diría que eligieran los muebles y los objetos personales que quisieran conservar. Pero se van del pueblo mañana. Además, todos han dicho que ya tienen muchos trastos y que no disponen de sitio para más.
  • No son trastos – replicó Violet.

Tocó el bajo de una capa negra de terciopelo con un vivo de satén. Era una prenda preciosa.

La expresión de su madre se suavizó.

  • Tienes razón. Es que me abruma tener que poner en venta la casa.

Violet deseó poder hacer algo que le quitara presión a su madre, que la aliviara. Pegó una mejilla al cuello de piel de zorro de uno de los abrigos de su abuela.

  • ¿Puedo quedarme con algunas de sus cosas si nadie más las quiere?
  • Claro – contestó su madre. Cambiando de tema, he venido a buscarte porque todos preguntan por ti. Y no sé que decirles.

Violet se dio cuenta de que era culpa suya. Desde que dejó a Jed, había pasado poquísimo tiempo en Bent Creek, y su padres tenían que recorrer casi quinientos kilómetros para visitarla en Madison. A su madre no le gustaba la autopista, y dado que vivía en un condado donde solo había carreteras de dos carriles desiertas, nunca había superado su miedo. El padre de Violet, que regentaba una tienda de suministros agrícolas, no visitaba Madison por el mismo motivo que ella no visitaba Bent Creek: no quería dejar su tienda en manos de otra persona.

  • Vale – respondió Violet a su madre-. Dame unos minutos más.

Después de que su madre se marchara, Violet cogió la sombrerera de rayas que había en un estante. Si iba a salir para contestar un montón de preguntas acerca de lo sucedido con su matrimonio y si estaba viendo a “alguien especial” en Madison, iba a necesitar ayuda de su abuela: un poquito de la fuerza y del estilo de la abuela Lou.

Abrió la sombrerera, en cuyo interior encontró un sombrero acampanado de color verde lima, decorado con una cinta de raso y una pluma de pavo real iridiscente. Apartó el papel de seda amarillento, cogió el sombrero y se lo puso.

Se acercó a la cómoda de su abuela y apartó los tarros de cosméticos y el cenicero de cristal para poder inclinarse hacia el espejo. El alegre color del sombrero contrastaba vivamente con la chaqueta negra de corte peplum y la falda de tubo. Habría jurado que, con el sombrero, se parecía un poco a su abuela en las fotos de cuando era joven.

Apagó la luz del vestidor y salió del dormitorio. Estaba segura de que sus tíos la mirarían con extrañeza al verla con el sombrero. A lo mejor sus padres también lo hacían, pero le daba igual. A la abuela Lou le habría gustado.

CLUB VINTAGE. SUSAN GLOSS.

 

 

Para mi abuela, Luisa, que me enseñó que cada costura tiene su historia…

 

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